SOBRE LA OBRA

Una noche, un hombre, una mujer.
Un encuentro de gente común, de esa que no sobresale porque no les ha tocado vivir nada que despierte un poco de interés, ningún premio, ningún delito, ni grandes penas ni pasiones desmesuradas. Dos vidas sin vuelo. Sin cumbres ni agitaciones. Seres tan anónimos que no habrá siquiera quien los piense.
En el intento de soslayar sus soledades atravesarán sus prejuicios en un inquietante juego de seducción, comenzarán a reconocerse en las secretas ansias de olvidar por unos instantes sus descoloridas existencias.
La puesta de Julio Baccaro protagonizada por Hugo Cosiansi y Yael Ken, acerca al espectador a la intimidad de dos seres anónimos, unidos por la secreta pasión de inventar historias. Dos criaturas definitivamente enfermas de literatura crónica.


VISIÓN ARTÍSTICA DE LA PUESTA EN ESCENA
En el apartado y solitario marco de una plaza, paisaje nocturnal, iluminado escasamente por la mortecina luz de un farol, se da el ocasional encuentro entre un hombre y una mujer.
Dos criaturas que desde el temor y la natural desconfianza, van tejiendo una relación plena de contradicciones, en que los acercamientos y desacuerdos se suceden descubriendo, con minuciosidad, los pliegues y repliegues de sus caracteres, hasta culminar en un reconocerse abierto y franco.
Crear esta pequeña historia y acercarme a ella como director me ha obligado a un minuciosa búsqueda de los actores primero, del espacio luego, y del equipo técnico artístico, después.
Este es un texto en el que la palabra pesa y el pequeño juego de ideas que se plantea, donde nuestra imaginación es un disparador de posibilidades y nuestra mente una usina que nos crea y recrea de continuo, según quien nos esté mirando, reclama - desde mi óptica- un profundo trabajo con el actor.
Aquí no cabe apostar ni a los grandes desplazamientos, ni a los efectos visuales, porque el material exige una precisa comunicación, sensible y directa con un público, que cuanto mas cercano se encuentre, mejor. Todo debe pasar por el actor y la puesta en escena tiene que atenerse a esta idea. El movimiento, en este caso, debe ser fundamentalmente interior y percibirse aún cuando los personajes se hallen en la más absoluta quietud.
Esta es una obra para ser pronunciada “a sotto voce”, en la que el silencio, el gesto y la palabra deben tener un mismo valor.
La luz debe ayudar a crear un clima cuasi mágico. de sugestivos azules y blanco lunar atravesando el follaje.
El vestuario simple y natural, en colores apagados y formas sobrias, debe contribuir al tono de discreción con que los personajes se mueven en la vida.
La música suave, sin estridencias de un vals triste, ejecutado en violín, servirá de introducción y acompañará algunos momentos de la acción.